Preludio: Por meses he estado diciendo que voy a escribir la historia del nacimiento de nuestro bebo. Ya han pasado seis meses y se me han olvidado muchos detalles del parto. Así que antes de que olvide más, aquí va. (For this story's ENGLISH version, go here.)
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Foto por Anabellie Rivera
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Dando a luz a Nico Tenoch
Albuquerque, Nuevo México
agosto de 2012
Ya estábamos a sólo varias semanas de la fecha estimada del parto y el nivel de hierro en mi sangre seguía terriblemente bajo. Por meses había estado comiendo muchos alimentos ricos en hierro como acelgas, espinacas, lentejas, pasas, hígado y carne roja (siempre acompañados por comidas o suplementos con mucha vitamina C para maximizar la absorción de hierro). También había estado tomando Floridax, ChlorOxygen y suplementos de ortiga seca. Y había estado tomando cucharadas de melaza y té de ortiga e hibisco por litros y litros. Pero hasta la fecha, esas estrategias no habían dado resultados significativos.
Si el hierro en mi sangre no subía sobre el nivel mínimo, nuestras parteras no se arriesgarían a hacer un parto en casa. Mi opinión sobre eso era un resonante y paniqueado: O nooooooooooo...
Las mujeres deben poder dar a luz en un lugar seguro de su preferencia, en fin, donde se sientan más cómodas. En mi caso, ese lugar era nuestra casita en Albuquerque, sin lugar a dudas. Claro, estaba feliz de saber que podíamos ir a un hospital en el raro caso de que surgiera una emergencia. Pero yo quería hacer todo lo posible para no dar a luz allí. Y las probabilidades estaban a nuestro favor: tanto el bebo como yo gozábamos de excelente salud, por tanto mi embarazo estaba considerado como de bajo riesgo (¡y eso a pesar de yo ser una primeriza de 40 años!).
Así que redoblé mis esfuerzos y cambié del suplemento Floridax al lamentablemente estreñidor gluconato ferroso. No me hizo nada de gracia estar esteñida, pero fue todo por una buena causa: mi nivel de hierro por fin subió lo suficiente alrededor del 13 de agosto, la fecha estimada del parto.
Entre el cansancio extremo que me producían mi panzota y el calor veraniego, la verdad es que no había estado caminando tanto como debía. Pero ese 13 de agosto al atardecer dancé un ratito con nuestro grupo de danza azteca y después di una larga caminata alrededor de Sánchez Farm.
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Foto por Anabellie Rivera
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Caminé lo más que pude esa semana después. Y fui mimada en extremo por nuestro magnífico "comité de bienvenida." Además de Fidel, estaban con nosotros mi mamá, mi hermana Anabellie y mi amiga-hermana Tanya. Me hicieron comidas ricas, me dieron masajitos, me prepararon baños aromáticos y me dieron requetemucho amor.
El sábado siguiente era el famoso "Indian Market" de Santa Fe y decidimos todos hacer el viaje de una hora. No estaba muy entusiasmada con el prospecto de estar confinada en un carro por una hora, pero sabía que una vez llegáramos allá podríamos caminar mucho.
Caminamos por horas y horas. Tenía que sentarme a cada rato. Pero me sentía muy bien.
Durante una de mis muchas visitas al baño, se me salió el tapón mucoso. ¡Qué emoción! La llegada del bebo estaba cada vez más cerca.
Caminamos un rato más y luego cenamos. Antes de montarnos al carro, anuncié que la que manejaría sería yo. Todos reaccionaron horrorizados. ¿Cómo va a ser? Debía descansar. Etc, etc. Pero no hubo manera de que me convencieran. No podía imaginarme estar sentada por una hora entera sin hacer nada. No me di cuenta entonces de que ese deseo de manejar probablemente tenía que ver con el brote de energía que les da a muchas mujeres justo antes de empezar el parto (a muchas les da por limpiar la casa; yo como no estaba en casa pues me dio por manejar).
Llegamos a casa como a las 10 p.m. y nos dormimos poco después. Me levanté como a medianoche cuando rompí fuente. Fidel corrió a buscar toallas y secamos el desastre lo mejor que pudimos.
Nuestras parteras nos habían aconsejado que si podíamos dormir durante la fase temprana del parto que lo hiciéramos. Así que volvimos a la cama. Aproximadamente una hora más tarde, sentí mi primera contracción.
Desperté a Fidel y le di la noticia. Respondió con una sonrisa enorme y tomó el tiempo de varias contracciones. Estaban como a siete minutos una de la otra. Le envié un texto a nuestra partera
Dusty Marie. Me respondió con un texto que decía algo así como "Recuerda: descansa y relájate. Envíame otro texto cuando se aceleren las contracciones."
Fidel volvió a dormirse. Yo también pude dormir entre contracciones. Pero se seguían acelerando y estaban poniéndose más intensas. Volví a despertar a Fidel para que les tomara el tiempo de nuevo. Ya estaban sucediendo cada cuatro minutos. Le pedí a Fidel que textiara a Dusty. Ella respondió: "Trata de seguir durmiendo."
¿Que qué? Imposible, pensé.
Me entró tremendo miedo. Ay Dios mío, ¿a penas estamos empezando y ya me duele así de mucho? ¿Podré resistir? Me dije a mi misma: Claro que podré. Claro que sí. Claro que sí.
Volví a acostarme y respiré profundo durante la próxima contracción. Pensé en Papi quien había muerto hacía sólo 3 semanas. Durante esos últimos meses justo antes de que falleciera de cáncer de los huesos, hablamos mucho sobre sus tácticas para bregar con el dolor. Papi me aconsejaba con su pícaro sentido del humor diciendo que ya había aprendido tanto que estaba listo para fundar un culto de manejo de dolor y transición hacia "el otro lado." Para él funcionaba respirar profundo, tratar de hacer las paces con el dolor, comer galletitas de higo y beber malta, recitar y a veces gritar el Salmo 23. Tenía yo que descubrir qué funcionaba en mi caso.
Durante las clases de preparación para el parto, exploramos distintas estrategias para manejar el dolor mientras sosteníamos hielo en nuestras manos. Así supe que en mi caso lo más que me ayudaba era lo más simple: respirar profundo, concentrándome en el sonido y las sensaciones de mi respiración. Cero visualizaciones, cero afirmaciones, cero música, cero oraciones, cero mantras. Sólo respirar. Y silencio.
Me dormí de nuevo e, increíblemente, pude seguir durmiendo entre una contracción y otra.
Ya para las 5 a.m. las contracciones venían cada minuto. Fidel le envió otro texto a Dusty y ella respondió que estaba en camino. Yo desperté a Anabellie y a Mami. Ana fue a buscar a Tanya.
De ahí en adelante mis recuerdos son muy vagos—no tanto porque la memoria me falle, sino porque la experiencia original fue vaga... o quizás lejana es una mejor palabra. En realidad, no tengo una palabra adecuada.
Es difícil saber cuánto de lo que voy a contar está basado en mis recuerdos y cuánto en los recuerdos que luego del gran evento compartieran conmigo mi familia y parteras.
Que conste, yo estaba allí—muy pero que muy allí—pero estaba súper enfocada en bregar con el dolor a través de la respiración. Estaba allí, pero creo que muy profundamente dentro de mi.
Tanya y Anabellie regresaron. Alguien llenó la bañera y me sumergí. Las luces estaban apagadas, varias velas encendidas, mis ojos cerrados. Fidel se sentó en el inodoro y me sostuvo la mano. Por ratos me masajeaba la espalda. En algún momento abrí los ojos y me di cuenta que ya Dusty había llegado. Eso me alegró y me hizo sentir más relajada. Empezaba a amanecer.
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"La luz que te vio nacer" por Anabellie Rivera
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Alguien me daba cucharadas de miel y sorbos de agua entre las contracciones. Luego de un rato, abrí los ojos de nuevo y vi que era la aprendiz de Dusty, Valerie.
Oí a Dusty decir que no valía la pena llenar la piscina de parto. El bebo parecía estar muy próximo a llegar. Di vueltas de carnero de la felicidad (en mi imaginación, claro está).
No recuerdo si fue Dusty o Valerie quien puso la maquinita Doppler sobre mi barrigota para escucharle el corazón al bebé. Sonó tan saludable y rítmico como siempre. Pero sabiendo que Nico Tenoch estaba tan próximo a nacer, el sonido de su corazoncito me hizo imaginar al bebo galopando hacia nosotros a toda velocidad.
Yo cambiaba de posición constantemente dentro de la bañera. A veces me acostaba con varias toallas como espaldar. Otras veces me acomodaba en cuatro patas. Vagamente recuerdo haberme puesto de pie varias veces para estirarme.
Las contracciones eran dolorosas de sobra. Entre contracciones, varias veces me di cuenta de que estaba llenándome de tensión y pavor anticipando la próxima contracción. Pensé nuevamente en Papi. Él tuvo que dejar de pelear contra el dolor para poder morir. Yo tenía que hacer lo mismo para que mi hijo pudiera nacer.
Así que, de nuevo, me concentré en relajarme, en entregarme, en rendirme ante el proceso. Dusty me había hablado de esto. Diane, la esposa de Papi que también es partera, me había dicho lo mismo. Tenía que rendirme ante el proceso. Fluir.
Ah, pero ni tanto. Al menos no todavía. No sé si fue Valerie o Dusty quien entró al baño y me recordó que no debía empezar a pujar todavía, aunque me dieran ganas. Eso siempre me había sonado tan abstracto y raro cuando Dusty lo había mencionado durante las clases de preparación para el parto. No podía imaginarme cómo pujar podría manifestarse como un impulso casi irresistible. Ah, pero muy pronto entendería exactamente cómo. Era un deseo arrollador. Me tuve que concentrar fuertemente para no sucumbir a la tentación de empezar a pujar.
Vagamente escuché a Dusty decir que era buena idea que ya me saliera de la bañera. Alguien me ayudó a regresar al cuarto. Pero en el camino noté que alguien—estaba bastante segura que ese alguien era mi hermana—había encendido una velita en el nicho donde por años Fidel había tenido una figura de barro de una mujer de expresión feroz con un bebé a medio salir de su vagina.
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Foto por Anabellie Rivera
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Dusty dijo que ya era tiempo de pujar. Me puse en cuclillas (o como decimos en boricua, me "eñangoté") y pujé, arrenguindada del pobre Fidel a quien probablemente estaba ahorcando más que sólo un poquito. Me puse en cuatro patas de nuevo. Pujé. Jadié. Volví a pujar. Alguien me limpió el fondillo luego de pujar. Entendí que estaba defecando un poco a la vez que pujaba. ¿Y saben qué? No me importó. Para nada. Tenía cosas mucho más importantes de qué ocuparme. Estaba pariendo a mi hijo y mi cuerpo estaba haciendo lo que necesitaba hacer.
Me acosté boca arriba. Estaba empapada de sudor. El dolor era tremendo. La pierna derecha se me estaba acalambrando. Fidel la masajeaba y me ayudaba a estirarla de cuando en cuando. Me dijo que todo iba súper bien y me besó la frente. Él respiraba profundamente y así me recordaba que yo debía hacer lo mismo.
El tiempo parecía haberse detenido pero a la vez estaba consciente de que habían pasado varias horas desde que empezó la fase activa del parto. Estaba emocionada. Sabía que todo estaba yendo de maravilla. Pero me sentía en extremo cansada. Mega cansada.
Fidel se sentó detrás de mi en la cama y se convirtió en mi espaldar. Él seguía ayudándome con mi pierna acalambrada y también me ayudó a encorvarme para pujar mejor. Aquello más bien parecía que estábamos haciendo lucha libre.
Se me habían escapado de las trenzas bastantes greñitas y las tenía pegadas con sudor en la cara y el cuello. Me pusieron una máscara de oxígeno. Tuve ganas de arrancármela. Pero resistí la tentación.
El calambre de la pierna era bien intenso. La pierna me temblaba fuertemente cada vez que pujaba. Me recosté contra Fidel y le dije en voz baja "quiero que nazca ya." Fidel me dijo luego que eso fue lo único que yo dije durante todo el parto. Bueno eso y los gemidos y gruñidos.
El bebo coronó. Mami, Anabellie y Tanya entraron todas al cuarto. ¡Sí! ¡El bebo ya casi nacía! Por ahí en algún momento me arranqué la máscara de oxígeno.
"Puja con fuerza una sola vez más," me dijo Dusty. ¡Nico Tenoch estaba casi afuera! Entonces Dusty me pidió que no pujara más. Pero quizás pujé un poquito. O quizás no. Ahí es que mis recuerdos se vuelven más vagos. Creo que luego de que el bebo asomara la cabeza, ella lo reacomodó un poco y le ayudó a salir porque venía con los bracitos alzados.
Eso fue a las 9:43 a.m..
Yo no tenía puestos ni mis espejuelos ni mis lentes de contacto, así que muy borrosos más o menos vi una cabeza oscura y un cuerpito largo y delgado. Aliviada, recosté mi espalda sudada y mis trenzas desgreñadas contra el pecho de Fidel. Pero no habían lloridos. El bebé no emitía sonido alguno.
Dusty y Valerie hablaban en tonos bajos pero urgentes. No lograba entender lo que decían hasta que oí a Dusty decir "llama a la ambulancia."
Sorprendentemente, no me paniquié. De alguna manera, creo que debido a esa "nota" natural que me habían dado las hormonas post-parto, yo estaba segura que el bebo estaría bien. Mantuve los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.
Dusty trataba de animarlo a respirar. Todos guardamos silencio absoluto.
"Háblenle," Dusty dijo por fin. "Llámenlo para que él sepa que lo están esperando y lo quieren conocer."
Todos empezamos a gritar: "¡Nico! ¡Tenoch! ¡Nico! ¡Bebé hermoso! ¡Papito! Ven, que te estamos esperando."
Luego de varios segundos, Nico Tenoch chilló y nosotros gritamos, lloramos y nos reímos de la felicidad. Fue una bienvenida escandalosa y tierna.
Dusty le sacó la mucosidad de su nariz y boca con un aspirador nasal azul. Fidel y yo lo mirábamos fijamente, paralizados, rígidos de la emoción, locos por abrazarlo por primera vez.
Yo estaba exhausta. Débil. Borracha de felicidad. Colmada de agradecimiento. A punto de desbordarme de todo el amor que me había sido dado. A punto de desbordarme de todo el amor que estaba loca por dar.
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Foto por Anabellie Rivera
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* Si quie
res leer esta historia vista desde otro ángulo, visita el sitio Ángeles y milagros de Tanya Torres. Gracias infinitas, Tanya, por ser testigo del evento (¡y nuestra cocinera oficial!).